¡Gracias!

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En campañía de Chávez

XVIII

Y votamos…

Llegó por fin el siete de octubre. Llegó con la diana despertando a un pueblo que está despierto. Voté tempranito en Margarita, a donde había regresado después de cinco semanas de ausencia. Cinco semanas y faltaba un día más…Volé a Caracas, pues era en Caracas, en el Balcón del Pueblo que siempre me toca mirar en la pantalla de la tele, junto a mis compañeros de estos últimos y ajetreados días, ahí tenía que terminar estás crónicas que no estarían completas sin ellos; mis compañeros que se convierten en amigos que se convierten en hermanos a punta de compartir trabajo, corre y corres, agua, caramelos, entusiasmo, gozadera, sueños y ese amor inmenso que nos mueve, culpechavez.

Llegué a Miraflores a media tarde, luego de haber caminado por Caracas, luego de haber visto a la gente votando masivamente, en orden, en paz… llegué a Miraflores sabiendo que ya no volvería por la mañana. Llegué con una sonrisa que escondía un puchero y unas lagrimitas. Llegué saludando a todos con ganas de estrujarlos con abrazos, entonces supe que los quería mucho y de inmediato, aún en presencia de ellos, los empecé a extrañar muerta de nostalgia anticipada. Definitivamente, Miraflores era el mejor lugar para esperar La Victoria Perfecta que ya se estaba gestando.

La tarde se hacía larga. Mientras, la gente se iba congregando alrededor del Palacio, con sus pitos, tropetas, tambores, con la misma música que nos había acompañado durante los últimos meses, con las canciones que nos sabíamos de memoria y que no podíamos dejar de cantar. Dios mío, que no se quede nadie sin votar, rezaba yo al son de la música…

Ya no me quedaban uñas que comer. No soy buena esperando y menos si lo que espero es el destino de mi Patria, de mi pueblo… El destino de todo el continente que esperaba, quizá, comiéndose las uñas como me las comía yo.

Los compañeros nos mirábamos en esas largas horas de espera. Hacíamos bromas como para matar el tiempo, mirábamos por la ventana a la gente que no paraba de llegar esperando poder celebrar la victoria con el Presidente en el Balcón donde celebramos todas las victorias.

Cerca de las diez de la noche habló Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral. Daba las gracias al pueblo por su civismo, al las fuerzas armadas por su apoyo, a los miembros de mesa, a los testigos, a los acompañantes internacionales y estoy segura que toda Venezuela decía: “¡Ya Tibisay, dinos de una vez los resultados!” Y los dijo… Un grito colectivo retumbó devolviéndonos el alma al cuerpo, un grito que normalizó a mi corazón alborotado en el pecho: ¡Ganamooooooos!

Abrazos, lágrimas de alegría, más abrazos, risas, aplausos, ¡Viva Chávez!, más abrazos que se niegan a terminar. Y ahora sí a bailar desatados, a cantar con más motivos que nunca “¡Chavez corazón del pueblooooooo oh!”…

Bajamos al Balcón del Pueblo a esperar a nuestro Presidente. Vi a la gente en las puertas del Palacio y éstas se abrieron dejandoles entrar. Tantísima gente que casi no cabía. Ondeaban banderas de todos los tamaños y entre tantas pude ver una bandera de Evita con Perón… Era una celebración de la Patria Grande, la más grande celebración.

Entonces salió mi Presi al balcón. Ahí estaba, como lo queríamos, al frente, otra vez, y por los próximos seis años. Él de nuestra mano, nosotros de la suya… “Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó…” La letra del Himno Nacional tenía tanto sentido… Cantar el Himno era cantarnos a nosotros mismos.

Mi Presi, en nuestro Balcón, donde debe estar, donde queremos que esté.

Yo lo veía, ahora de más lejos, luego de haber pasado cinco semanas tan cequita de él. Lo veía despidiéndome de esos momentos tan intensos, tan inmensamente grandes para una mamá que, escribiendo desde la cocina de su casa, nunca se atrevió a soñar -por imposible- ese sueño tan bonito de poder correr como una loca detrás de mi Presi, tratando de llevarle el ritmo a sus pasos calzados en unos zapatotes nada presuntuosos, de color indefinido, color de tiempo y caminos. Zapatos con historia: la de mi Presi… Nuestra historia.

¡Hasta la victoria siempre! -Dijo él. ¡Viviremos y venceremos! -Le aseguramos. El siete de octubre terminaba como tenía que terminar, con la Victoria Perfecta a la que nos habíaos comprometido

Era ocho de octubre cuando caminaba hacia la salida del Palacio. Ahí, en un patio, me despedí de mi amigo Ornelas con un abrazo apretado y luego Escalona, como para matarme de ganas de llorar, se cuadró delante de mi, como si yo fuera también un soldado, mientras yo, señora-civilmente, traté de saludarlo de la misma manera quedando como una comiquita.

Yo siempre pensé que el día que pudiera decirle algo a mi Presi le diría un millón de cosas. Ahora, a punto de partir, quise aprovechar a Ornelas y Escalona para mandarle un mensaje, entonces supe que solo tenía que decirle una palabra: ¡Gracias! “Díganle a mi Presi que gracias”

Gracias…

Carola Chávez

La Asunción 9 de octubre de 2012


Con lluvia, con sol

En campañía de Chávez

XVII

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Eran las seis de la mañana, entre sueños, seguía escuchando la música y las trompetas de Maracay y Valencia, los gritos de alegría parecían haberse quedado en mi cabeza, invadiendo mi sueño, prolongando la fiesta que no se termina.

Aragua y Carabobo gigantezcas. Cada concentración era más grande que la anterior. Cuando pensaba que habíamos llegado a el límite imposible del entusiasmo, éste se multiplicaba y sobrepasaba las más locas expectativas.

El 3 de octubre, Chávez regresó a Maracay en su camino a Miraflores. Maracay, la ciudad que tanto quiere, la ciudad del joven soldado que soñó con un país grande. Maracay de donde partió un día, con el corazón en la mano y la mente fija en el sueño que él soñaba.

“¡Ay, Maracay!” -Suspira recordando, sintiendo a esa tierra que lo hizo suyo. “¡Ay, Maracay!” -Sonríe envuelto en el amor aragueño.

Como en cada sitio que visitamos, la avenida, esta vez la Bolívar, se queda pequeña. Entonces los árboles se convierten en miradores, los postes, la vallas publicitarias, y ¡bendito sean los balcones y las platabandas! “¡Ay Maracay!” Qué linda te ves llenita de gente celebrando logros y esperanzas de todos.

Y volamos a Valencia. Yo iba de regreso a la ciudad de mi niñez, a la ciudad donde besé a mi papá por última vez… Iba con un nudo en la garganta, iba como queriendo no ir, pero fui… Y menos mal: Me encontré con una Valencia bonita, feliz, ¡chavista! Por primera vez en la vida me sentí valenciana, orgullosamente valenciana… “¡Viva Valencia!, ¡Viva Carabobo! ¡Viva el Magallanes!” ¡Vivaaaaaaaa! – Grité, valencianemente, junto a mis paisanos, allá en el sur de una ciudad que siempre vi desde su norte.

Valencia y Maracay fueron inmensas pero aún faltaba Caracas en el camino de Sabaneta a Miraflores.

Madrugada Caraqueña, los sonidos de ayer en mi cabeza, esas trompetas, los gritos alegres, la música que canto todo el tiempo desde hace más de un mes: “Chávez corazon del puebloooooo, ohhhhh!”. Hasta en mis sueños, porque estoy dormida, estoy soñando, porque es muy temprano para que ya haya empezado el cierre de campaña en Caracas…

No era un sueño, había empezado. Apenas salía el sol del 4 de octubre y la la avenida Bolívar se llenaba de gente, la Bolívar, la México, la Urdaneta… Todas las avenidas, calles y callecitas se empezaban a llenar. Las plazas, las estaciones del Metro, los parques, la entrada del Teresa Carreño, de la Universidad de Las Artes. Gente que venía de cerquita, de Catia, de Petare, de Coche, Antímano y sí, de Prados del Este, porque hay chavistas, mis queridos vecinos, en Prados del Este, La Castellana y Altamira. Otros venían de toda Venezuela, viajando algunos durante toda la noche. Venían porque Chávez los convocó.

¡Obligados! -Se consolaban los opositores en su compulsión al autoengaño. ¡Vendidos por unos pocos bolívares y un pedacito de pan! -No hay peor ciego que elmque no quiere ver sino Globovisión.

Empecé a caminar las calles a las diez de la mañana. Partí con mi amigo Juan Kirchner, periodista argentino, desde Bellas Artes -para empezar- a la Plaza Bolívar. Chávez y Kirchner caminando por Caracas. Quería que viera la Caracas hace unos años no teníamos. Quería invitarle un chocolate Cimarrón, frío, porque hacía calor. Queria mostarle a mi gente llenando espacios que les habían sido arrebatados por la desidia, por el desamor.

La Plaza Bolívar a las once de la mañana estaba vestida de rojo. Simón nos miraba complacido desde su caballo. Pasaba la gente que iba a ocupar las avenidas caraqueñas por donde horas más tarde debía pasar nuestro Presi en caravana. Pacheco estaba trabajando, con su sonrisota amable y franca, le explicaba, en perfecto inglés, a una turista de Hong Kong la historia de El Libertador. Pacheco es guardia patrimonial, miembro de las milicias bolivarianas, esas que tanto han tratado de satanizar. Él bajó del barrio a la milicia, aprendió inglés y sigue aprendiendo otros idiomas, culpechavez, y se convirtió en un orgulloso y eficiente guardia patrimonial. Ahí en la Plaza Bolivar trabaja para todos nosotros mi amigo Pacheco. Busquen al muchacho de la sonrisota, y ese es él. Pacheco, la Plaza, el Centro de Caracas recuperado, razones para ir a acompañar a Chávez. Allá vamos…

Subimos a la avenida Urdaneta cerca del mediodía. Ya se iba dificultando la caminata entre tanta gente. Había muchos jóvenes y niños, esperanza para los que somos jóvenes más viejitos; esperanza, continuidad… De la Urdaneta, bajando por donde se podía, y casi no se podía, pasamos por El Silencio, prendido en música, llegamos a la Bolívar, detrás de la tarima. Ni soñar de ir al frente. Ya no cabía ni un alfiler. Buscamos callejones, pasajes, veredas por donde seguir andando, conociendo amigos que no conocíamos, celebrando e impresionando a mi amigo Juan que, como yo, tiene apellido de presidente.

Kirchner tomaba fotos, entrevistaba a la gente, les preguntaba sobre sus razones para estar ahí en ese día, para estar siempre con Chávez… Razones nos sobran, supo, sin lugar a dudas, mi amigo Juan.

A las tres de la tarde nos despedimos Kirchner y Chávez, en Bellas Artes, después de haber caminado de arriba a abajo, de este a oeste y hasta en diagonal. Y de ahí seguí sola mi regreso a la tarima principal. En la estación de Bellas Artes, mientra bajaba al Metro, me cayeron unas chispitas de lluvia. Bajé hasta los trenes en una estación que parecía más una lata de sardinas sobrepoblada. Varios eternos minutos después, dos estaciones más tarde, el Metro me expulsó de sus entrañas envuelta en un bubulú que caminaba el bloque, con pasos colectivos, donde mis pies no pisaban el piso sino otros pies que pisaban otros pies. Salía como un tapón a La Hoyada bajo un torrencial palo de agua.

Ni modo, será que me mojo y ya. Bajo un aguacero que casi no me dejaba ver, recorrí la cuadra que me separaba del inicio de la caravana. Llegué justo cuando llegaba mi Presi. Temí, que cuando él subiera a la tarima no encontraría a mucha gente porque pensé que la lluvia los habría espantado. Pensé mal. Nadie se movió. Habían venido para estar con Chávez y no había lluvia capaz de sacarlos de ahí. La lluvia que celebraron quienes creen que la multitud estaba ahí obligada, fue recibida por nosotros como una bendición. La lluvia nos regaló un elemento poético para una tarde perfecta. La lluvia nos empapaba, nos empapaba también la alegría y el amor.

Cantamos y bailamos, con Chávez cantando, bailando y hasta tomano café bajo la lluvia… Si la naturaleza se opone -pensé que pensamos todos- y nos impusimos a la naturaleza. Chávez bajo el aguacero se veía inmenso, como su pueblo. La gente decía, desafiando al agua entre risas: “Somos como los Gremlims, nos mojamos y nos multiplicamos”

La caravana intentó avanzar entre la gente, tantísima gente. Recorrió algunos kilómetros, entre ratos de no poder avanzar ni un milímetro. Pasaban los minutos, las horas, poquito a poco, pero la verdad era que poco lo andado y mucho por andar. La gente no cedía porque ya no quedaba espacio que ceder. Caía la noche mojada, yo había modo de llegar al final del corrido, simplemente no se podía pasar.

Entonces la caravana buscó una calle, cualquier calle que no estuviera en la ruta del recorrido. Todas las calles estaban llenas, lo sabía yo que las había caminado más temprano. Hasta que se abrió un espacito, menos denso, por el cual se podía intentar pasar y pasamos. Pasamos rumbo a quien sabe dónde, pero pudimos por fin andar.

Iba entonces la caravana sorprendiendo a gente en calles que no la esperaban. Saludaban atónitos los vecinos desde las aceras, desde las ventanas… Saludaban los que no pudieron llegar a las avenidas por falta de espacio, saludan a la caravana como saludando su buena suerte. Eran las siete de la noche, pensé que la fiesta había terminado.

Regresaba caminando al final de uno de esos días bien caminados. Estaba emparamada, pisaba otros charcos para seguir mojando unos zapatos que no aguantaban ni una sola gota más. Regresaba por unas calles llenas de gente que se negaba a irse, que persistía en celebrar el cierre de la Campaña Perfecta. El Cierre Perfecto, para la Victoria Perfecta. A las diez de la noche todavía sonaban las trompetas, sonaba la alegría en la Avenida Bolívar de Caracas.

Con lluvia o con sol, si la naturaleza se opone nos mojamos y seguimos avanzando, seguimos celebrando, culpechavez.

Caracas, 4 de octubre de 2012


Miopía Severa López reporta

En campañía de Chávez

XVI

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Hoy estamos con nuestro equipo de desinformación en Yaracuy, un lugar que queda lejos de Caracas, donde hoy estará de paso, ventajistamente, Chávez, el presidente que se ha perpetuado en el poder indefinidamente durante los últimos 14 años, negándose a abandonarlo a pesar del golpe cívico de abril, el paro petrolero y otras maniobras democráticas que la sociedad civil, decente y pensante por demás, ha llevado a cabo durante estos largos y oscuros años.

Esta mañana el sol brilla demasiado y el calor es sospechosamente insoportable. Sabemos de buena fuente que el gobierno, con el Satélite Miranda, ha alterado la actividad solar para que nuestro trabajo reporteril de hoy, y nuestra lucha, sufra el achicharramiento inclemente debilitando nuestras ya debilitadas neuronas. Pero nada detendrá nuestro compromiso libertario de desinformarlo a Ud.

Son las diez y media de la mañana y las calles de Yaritagua, un pueblo microscópico por demás, están llenas de gente. Suponen nuestros analistas que estas personas no son más que agentes del G2 cubanos disfrazados de yaracuyanos -así se llama la gente que vive en Yaracuy-. Agentes expertos en artes dramáticas, bien entrenados por el régimen cubano. Esto se evidencia en su actitud alegre, en ese constante bailoteo hipnótico al son de la música chavista que sale de cornetas estratégicamente colocadas en cada esquina. Esto sumado a la capacidad de esos espías para soportar el solazo que derretiría a cualquier ser humano normal sobre el pavimento.

Las cualidades teatrales de los cientos, tal vez miles, de infiltrados cubanos que llenan las calles de Yaritagua, serían admirables si no tuvieran fines tan bajos. Esos barbudos están hoy abarrotando las calles disfrazados de abuelitas dulces, de niños inocentes, de señoras, señores, de estudiantes, campesinos, disfrazados de gente con el único fin confundir la la opinión pública con el cuento chino de que el pueblo está con Chávez.

Fieles a su papel, nadie se va a su casa, porque no tienen casa los G2 cubanos, porque en el comunismo no hay propiedad privada por lo tanto no hay casas ni hay nada. Decía, que nadie se ha ido a pesar del calor calcinante, y nadie se huye cuando comienza a caer un aguacero, por el contrario, bailan enloquecidos pretendiendo que creamos que en verdad están gozando y, tal vez agradeciendo un aguacero que seguramente va a provocar una neumonía epidémica.

Por otra parte se nota que esta gente está comprada porque ya ni disimulan los organizadores de este teatro cuando le proporcionan a los asistentes contratados, agua y refrescos. Esa gente es capaz de todo, hasta de venderse por una botellita de agua.

Por fin llega Chávez, cerca de las tres de la tarde, y la avenida, parece llena pero mi intuición de reportare experta me dice que eso no es más que una ilusión óptica, tipo oasis en el desierto, producto del calor y de otros factores que todavía no logro precisar.

Terminó el evento en Yaracuy y me trasladé a Barquisimeto en helicóptero. Debo reconocer que el despliegue de G2 cubanos no descuidó detalle: desde el aire, los pude ver en los patios de las casas, saltando y saludando al helicóptero en el que viajaba Chávez. A mi no me engañan.

Lo que sí no sabía era que el G2 tenía tantos agentes. Porque en Barquisimeto había miles de ellos en las calles y sé que era físicamente imposible haberlos trasladado desde Yaritagua hasta allá. Presumo que estamos siendo invadidos. Tomen sus precauciones, mi apreciados televidentes, que esa gente si es capaz de fingir alegría y amor por su líder al punto de casi convencer a esta reportera de dura coraza y si son capaces de eso, son capaces de todo.

Después de un engañoso recorrido en caravana por un callejón con ínfulas de avenida barquisimetana, el habitual discurso amenazante de presidente repitiente que quiere seguir repitiendo. El uso continuo de palabras que incitan al odio, palabras como inclusión, pueblo y -¡peor!- poder popular… Y luego canta una canción típica de esta remota región en la que nos encontramos; canción que solo conocen, por supuesto, los miles y miles de agentes cubanos y uno que otro ministro que lo acompaña. Cantaba Chávez bajo un atardecer de photoshop, otro recurso de engaño que logró aguar hasta estos expertos y miopes ojos míos que están aquí para ver por usted.

Desinformando desde Yaracuy y Lara, reportó Miopía Severa López.

2 de octubre de 2012


Vi al arañero

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foto: José Carlos Gómez

En campañía de Chávez

XV

Sigue el corre y corre… Yaracuy, diez y cuarenta de una mañana llena de sol, llena de música, llena de gente alegre que desde temprano espera a Chávez. Sentada en un la tarima donde mi Presi hablará esta tarde, aprovecho un poco de sombrita, viento fresco y los tambores de fondo para contarles la historia de lo que ha sido hasta ahora la mamá de la caravanas: la caravana de Sabaneta.

Ayer regresó el hijo, el hermano, el amigo del alma a su tierra y Sabaneta entera lo esperaba amorosa. Desde temprano se llenó la Plaza Bolívar, hermosa plaza arbolada que nos protegía de un sol achicharrante, como suele ser el sol en estas tierras bonitas.

“Chávez, te amamos” gritaba un grupo de mujeres cuando me acerqué con mi cámara para sacarles una foto. Yo les pregunté ¿por qué? Y ellas se me quedaron mirando como si yo fuera marciana. ¿Qué clase de pregunta es esa? “Lo amamos porque sí” -dijo una de ellas. Porque sí no se ama -le contesté- se ama por algo… “¿Y te parece poco lo que ha hecho Chávez? Aquí en Sabaneta tenemos de todo, mira a mis hijas, ahora tienen su casa, tenemos Mercal, PDVAL, barrio adentro, La Tomatera, colegios… Esto antes no era así, las calles eran de tierra, abandonado… Hasta yo soy graduada de ingeniero agroindustrial de la Misión Sucre” -Decía Maria Coromoto Betancourt con suficientes razones para gritar “¡Chávez, te amamoooooos!” Y gritamos…

Justo al mediodía, cuando el achicharramiento estaba en plena intensidad, vimos al helicóptero que traía a mi Presi pasar justo sobre nosotros. ¡Llegooooooó!. Los niños alborotados saludaban a Chávez volador. Algunos trataban de distinguirlo allá arriba en alguna de las ventanitas del aparato. Luego una breve y bulliciosa espera. ¡Chávez, Chávez!

Minutos más tarde llegó, con la sonrisa más grande que le he visto, subido en un Tiuna, Chávez en su terruño querido, su pueblo lindo: Sabaneta.

Cada rincón era una historia… Su escuela, sus calles, sus amigos, los árboles que segurito trepó mil veces, su cielo, porque el cielo de nuestra infancia solo se vuelve a ver en el lugar donde crecimos… ahí parado, con sus ojos llenitos de recuerdos, vi al Arañero.

Arracó la caravana, larguísima, hermosa, zurcando campos sembrados, silos, empacadoras… -aunque aquí no se siembra ni se produce nada, Ud. Lo vio en Globovisión- Once kilómetros de gente al borde de un camino que no se veía de tanta gente, a pie, en motos, en carros, en autobuses, porque sí, el pueblo suele ir a donde va en autubuses, y toda Barinas quiso ir ayer a Sabaneta a saludar a su hijo, el hombre más grande que ha parido esa tierra.

El sol no hacía mella en la alegría acalorada. El sol había corrido a la lluvia mañanera y brillaba en todo se esplendor para acompañar al esplendoroso Chávez que saludaba emocionado a su gente querida. Tres horas avanzando poquito a poco, tres horas de sonrisas que parecían querer salirse de sus caras, tres horas de besos volados, tres horas eternas para guardar en la memoria…

Llegamos al final donde el mismo helicóptero que trajo al arañero se llevaría al Presidente a San Carlos. La gente se agolpaba para verlo partir en un hasta luego recurrente para un hijo que aunque se vaya nunca se va. Queda Hugo en Sabaneta, no en simples recuerdos, sino en toda una obra que transformó a un pueblito olvidado, en un pueblo hermoso que crece y crece bien.

Levantó el vuelo. Ahí, en la tarde de Sabaneta quedé yo, alucinada, con una inevitable sonrisa, desgreñada, bañada en sudor, chamuzcada, como un feliz espantapájaros de algún cuento infantil, cubierta de polvo y hebras de grama que el helicóptero había levantado en huracán al alzar el vuelo. Yo lo veía desde la tierra, a mi Presi volando alto, soñando alto, construyendo alto…

¡Espantapájaros corre a San Carlos!… Corrimos, corrimos y no llegamos a otra concentración inmensa que me tuve que conformar con ver en fotos, que dicen más que mil palabras, pero ahora me consta que ni todas fotos, ni todas las palabras del mundo pueden contar con justicia las emociones intensas, bonitas, profundas, que se desatan al paso de mi Presi.

Y desatados estamos ahora en Yaracuy y esto apenas empieza. De aquí seguimos corriendo hacia el 7 de octubre, en la campaña perfecta, para la Victoria Perfecta. De Sabaneta a Miraflores hasta el dos mil siempre.

Yaritagua, 2 de octubre de 2012

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Amor a 40 grados

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En campañía de Chávez

XIV

Aquí estoy, en la Plaza Bolívar de Sabaneta, Barinas, esperando a mi Presi, en su casa, junto a toda su gente, aprovechando un ratico en esta corredera para contarles de ayer.

Ayer, domingo 30 de septiembre, como cada día me disponía a tomar el metro para enlazar con mi Presi el camino a Cabimas. Este domingo era distinto, por la calle donde paso cada día caminaban caraqueños que rara vez pasan por ahí. Era el día de su marcha caprilera, o sea, me iría demasiado… Claro que mientras uno se va, los ojos siguen viendo y las orejas oyendo, o sea.

Cuatro señoras con su perfecto look de marcha opositora, franela, visera, pañuelito, bandera amarillas entraron al Hotel Alba buscando un baño -tenían ganas de hacer pipí, amarillo también, of course-. No entraron como quien llega a un lugar público a preguntar por el baño, no, ellas entraron exigiendo su derecho ciudadano a usar un baño que es de todos los venezolanos, oyó, sin exclusión, chavistas hurriblis… Derecho que nadie les negaba. Agitaban sus banderas en la cara de un trabajador del hotel que amablemente las condujo al baño… Ni las gracias… No se dan las gracias por ejercer el derecho de hacer pipí. Ahora sí me fui demasiado, pero no demasiado lejos…

Tuve que tomar el Metro donde ví a una muchacha que fascinada le comentaba a una amigui: O sea, no no me subo al Metro desde, o sea, que tenía ocho años…y diez años después de aquella aventura urbana, se subía a un tren nuevecito que no vió, y se bajó equivocadamente en Capitolio para ir a su marcha que había quedado varias estaciones atrás… O sea…

Ahora si es verdad que llegamos a Cabimas. Cabimas a 40 grados. Cabimas atapuzada de gente desde el aeropuerto hasta la tarima donde mi Presi les hablaría a los cabimeros casi tres horas después.

En Sabaneta escribo sobre el calor de Cabimas y mi computadora se apaga y me dice que no podré escribir más hasta que no se enfríe un poco. El sol de Sabaneta también calienta.

Cabimas -y perdonen el vaivén- fue impresionante. Cada ciudad que visitamos supera a la anterior que ya parecía insuperable. En Cabimas los balcones, techos, terrazas, no alcanzaban para toda la gente que ya no cabía a nivel de la calle. Más de un kilómetro de personas apretadas unas con otras, que ignoraban el calorón que me derretía.

Al calor de Cabimas se sumaba el calor que produce la euforia de ver a Chávez. Entonces la temperatura rozaba lo imposible. Una señora quiso caminar al lado de la caravana durante todo el trayecto. Sudaba a chorros, yo pensé que se pidía desmayar y le pedía que descansara. Ella no desistía “Yo voy con él” – Decía determinada mientras los que estábamos cerca la abanicábanos con nuestros “corazones de mi Patria”. Todos íbamos con ella y con ella acompañamos a Chávez.

Muchos jóvenes saltaban, mostrando sus pancantas al paso de mi Presi, nuestro Presi. Él, que mira todo, los miraba y saludaba. Sus palabras escritas sobre cartones y telas llegaban y aquello desataba su euforia. La voz del pueblo que siempre llega porque Chávez, no hay duda, es el pueblo.

Todo el pueblo de Cabimas en la calle, cantando, bailando en una fiesta chavista que no se acaba. Una fiesta que empezó hace catorce años y que seguiremos celebrando hasta el dos mil siempre…

Y ahora en Sabaneta… Ya viene… Y yo escribiendo apurada la historia de ayer mientras aquí estoy viviendo otra historia…

Corro, corro… Ya viene mi Presi ¡Corro a verlo corriendo con todos!

Corro y sigo escribiendo… Porque desde Sabaneta a Miraflores habrá mil historias que contar.

¡Chávez me tiene loca!


De Monagas al cielo

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En campañía de Chávez

XIII

Aquí estoy, sentaba en una calle de Guarenas, en medio de un bullicio, cornetas, merengue chavista, uh ah, saludos, gritos, fotos… Aquí, magullada después del más intenso de los días que ahorita, en este zaperoco feliz, me dispongo a contar.

Ayer fue ese día intenso que tal vez hoy sea superado. Ayer fuimos a Maturín, ciudad que debí conocer hace añales y que vine a conocer ayer cuando estaba más bonita. Ayer Maturín estaba de fiesta, como se ponen de fiesta los lugares por donde pasa mi Presi.

La caravana pasaba por una calle atestada hasta donde alcazaba la vista, por calles y callecitas, había gente acompañando a Chávez, otra vez, como a cada ciudad que visitamos. Otra vez los balcones, ventanas y azoteas llenos de gente con globos, banderas, pitos y tropetas. Otra vez la alegría, otra vez “la gentará”, otra vez mis tristes amigos opositores buscando absurdos consuelos, descargando su frustración en la gente que llegó en autobuses desde los pueblos de Monagas, porque hay gente que cree que los pueblos no cuentan, si estos cuentan para Chávez. Maturín es Maturín, parecían decir en sus quejas autobuseras, todo lo demás es trampa, que no es no, que no me da la gana…

Y Monagas gozando, Venezuela gozando… Y un satélite esperando.

Partimos de Monagas hacia Caracas. Eran las 8 de la noche y todavía teníamos todo el día por delante y uno sin saberlo, apoyando la cabeza en el asiento, medio dormida, pero Chávez es Chávez…

A punto de llegar cambian los planes: ¡Al Museo! ¿Al Museo? ¿A la Plaza de los Museos, allá donde están los muchachos rumbeando en la ruta nocturna? ¡Ay Dios, como que sí, porque ahí es la fiesta del lanzamiento del satélite Miranda! Chávez me tiene loca…

Se bajó en una esquina de la avenida Bolívar, así, como si nada. La gente lo miraba y no se atrevía a creer que era el mismito Chávez, ahí en plena calle, como cualquier pavo rumbero. Una muchacha me dijo, como esperando que la desmintiera, “ese es El Presidente, ¿Verdad?” Y yo no la desmentí, no podía hacerlo, era el Presidente en la rumba satelital. Mi Presi, el rock.

Pasaron pocos segundos de aire antes de que todos se dieran cuenta de lo que estaba pasando. Entonces todos querían acercarse a Chávez.

Bululú mayor en que que terminé metida. A culazos me abría paso al paso de mi Presi. Quería cuidarlo porque hay amores que aplastan y nos estaban aplastando. Lo estaban aplastando a besos, abrazos, apretones de mano apretadísimos. Bajámos escalones imposibles, invisibles, a punto de caernos, sin caernos porque no había ni un milímetro de espacio que permitiera la caída. Aplastada, sudada, me quedé y pude respirar un poco mientras me iba quedando.

Los jóvenes bailaban ska y en la empujadera, Chávez bailaba con ellos casi sin saber que estaba bailando.

Tres muchachos del este de Este que rumbeaban en el Oeste, quisieron ser manos blancas y alguna cosa le gritaron al Presi. Algo que no llegamos a escuchar pero que otros muchachos sí oyeron. “Respeta a Presidente” dijo un grupo bailarín sin dejar de celebrar la presencia de el Otro Beta. Los manos blancas callaron tratando de entender cómo esa muchachera estaba tan contenta con Chávez si nadie les había pagado. No había “bollito de pan” ni nada de eso. Lo que había era una rumba que se hizo más rumbera culpechavez… Como siempre.

Saludó mi Presi cuando, por fin, pudo subir a la tarima. Saludó sudoroso, aplastado de amor y se fue a Miraflores a esperar el lanzamiento que nosotros esperábamos en la Plaza de los Museos.

Siguió la fiesta inolvidable, inesperada. Once y cuatenta y cinco… Todos los ojos en la pantalla gigante que nos mostraba a media noche un luminoso día chino. Cinco… Cuatro… Tres… Dos… Uno… Contuvimos al aliento, silencio… No pasó nada… Tres segundos después se enciendieron los motores del cohete que llevaría a Miranda al espacio, con Bolívar. Los gritos de felicidad, los abrazos… Era otra año nuevo. Un año nuevo adelante, hacia la Venezuela independiente que todos queremos. Independencia tecnológica conquistando soberanía.

Yo, toda magullada y eufórica supe que tenía que ir a descansar. Yo no tengo veinte años, aunque anoche los tuve durante un buen rato.

Desde mi habitación y en pijamas pude ver por la ventana los hermosos fuegos artificiales que lanzaban desde la Plaza. Era una visión de esperanza, de logros extraordinarios. En en fondo la voz de mi Presi, y las luces, los colores, la alegría en el cielo de Caracas… Miranda en el espacio mirándonos… Era como un sueño… Y llegó el sueño.

Ahora en Guarenas, despierta, tecleando estos sueños a modo de pellizco. No estamos soñando. Estamos haciendo el país que merecemos y yo o puedo menos que hacer una pausa en mi tecleo, mirar a la multitud y gritar con toda la fuerza de mi alma: ¡Viva Cháveeeeeez!

Guarenas, 29 de septiembre de 2012


Las pilas de Chávez y la marmota que fui

En campañía de Chávez

XII

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Perseguir a Chávez, confieso marmotamente, no es cosa sencilla. Yo vivo en la isla de Margarita, en un vallecito traquilo, lejos del ruido, cerca de siembras de tomates y vacas que pastan en la orilla de la calle, en los terrenos baldíos. Escribo desde mi cocina con vista al Matasiete y un roble lindo que nos da sombra y pajaritos cantores. Escribo tranquila, vivo tranquila, como una marmota feliz.

Desde que llegué a Caracas, el 30 de agosto, con la misión de correr tras mi Presi, la marmota que fui se convirtió en un vago recuerdo. Cerca de Chávez no puede haber marmotismo, Chávez es acción y energía.

Veintitantos días en campaña, corre y corre, mira y mira, escribe y escribe. El jueves 27 fue uno de esos días que me hacen preguntarme cómo puede una persona hacer tanto sin bajar el trote. Me lo preguntaba trotando a la par del trotador, me lo preguntaba por él sin pensar que yo también trotaba.

Temprano fuimos a Ciudad Tiuna. Allí estuvo reunido con beneficiarios de 0800-MIHOGAR, con banqueros y constructores privados que firmaban acuerdos para todos los venezolanos tengamos casas dignas. Vi Ciudad Tiuna con mis propios ojitos, una verdadera ciudad nueva. Miles de apartamentos para miles de familias. La imagen era fabulosa: los edificios en construcción, ya bien avanzada, al fondo un cerrito con ranchos. Vi el sueño posible, vi que un día cercano, si nos empeñamos en ello, ese cerrito, todos los cerros serán un recuerdo, culpechavez.

Mi Presi habló de pie durante una hora. Ese día, como todos, tenía la agenda llena. Yo administraba mi fuerza porque ya sé como son los días de un hombre que, además de estar en campaña, no ha dejado de trabajar en el gobierno ni un solo día.

Corre, nos vamos a Coro. Hay caravana y discurso. Corrí con la boca llena, tratando de tragarme a la carrera lo que iba a ser mi almuerzo. Maiquetía, un vuelo corto que no da para una siestica. ¡Corre! Estamos en Coro.

Otra vez las calles llenas de gente esperando verlo. Imágenes que se repiten en cada lugar que visitamos. Imágenes que me recuerdan que todos somos uno. Y siempre la alegría, y siempre ese amor que se me amuñuna en el pecho y hace que me corran lágrimas por mis cachetes templados por una sonrisa incontenible. Histeria, diría un experto de cartón. Amor inmenso le digo yo que soy la que lo siente.

La caravana avanza despacito entre una multitud que quisiera que no terminara de pasar, que se quedara ahí para siempre, con Chávez ahí cerquita. Se va haciendo de noche y llega mi Presi a la tarima. Ahí baila, como si no sintiera el cansancio que a mi me hace pensar cada paso que doy antes de darlo. Baila y canta mi Presi y todos nos descubrimos bailando. Las pilas de mi Presi alcanzan para todos. Su energía es tanta que hasta una marmota margariteña termina energizada.

“De corazón, de corazón, Chávez de corazón…” Brinca, brinca, brinco, brinco, brincamos…

¡Corre, que vamos a una fábrica de jugo de sábila! Corro y no sé cómo corro pero corro detrás de mi Presi en su carrera.

Ahora sí que no puedo más, necesito una pared para recostarme, para subir un pie y darle descanso, y luego el otro, por turnos, como un flamenco extenuado. Me pesa la mochila, me pesan los brazos, me pesan los párpados que, de repente se abren ligeritos, de par en par cuando lo veo venir, con su paso firme, con sus zapatos lindos, los mismos zapatos de siempre y me pregunto si las pilas de mi Presi están en esos zapatos.

Llega él y llega la vida. No hay sueño que pueda con esta marmota con ínfulas de libélula, rápida, improbablemente ágil, con pilas recargadas.

¿Quieres jugo de sábila, Carola? Me pregunta mi Presi y yo claro que quería, pero lo que más quería era seguir mirándolo, oyéndolo, descubríendole cada día más razones para quererlo como lo queremos. No me canso… Él no deja que nos cansemos.

No sé como hará mi Presi cuando regresa a casa. Pero sí sé que yo llegué, vi mi cama y caí de cabeza entre las almohadas, desconectada, hasta que un rayo de luz insolente me pegó en el ojo por la mañana. Un nuevo día para seguir corriendo feliz, corriendo hacia la victoria perfecta, corriendo para seguir alcanzando los sueños que nos atrevimos a soñar, culpechavez.

Carola Chávez