Punto de encuentro

 

Entrar al Salón Ayacucho me hizo sentir como una especie de Alicia, la del país de las maravillas, atravesando, esta vez, una pantalla de la televisión que me llevó a un mundo, que por mucho que lo hubiera visto antes en mi tele, ayer, ahí adentro, era todo nuevo.

Íbamos a la entrega de los Petro- Orinocos a profesores universitarios, a funcionarios y a docentes del Ministerio de Educación jubilados.

Se trataba de un acto de gobierno y un incauto podría pensar que sería un acto aburrido, que todos los actos de este tipo, en todas partes, están cortados con la misma tediosa tijera, pero no, este no era un acto de cualquier gobierno y aquí la tijera que corta la maneja Chávez.

Me llamó la atencíón el silencio. En la medida en que intuíamos la llegada de mi Presi, las conversaciones, los saludos alegres, las risas que venía escuchando desde que llegué al Salón, se fueron apagando y las miradas, todas, trataban de adivinar por dónde llegaría él.

«Buenas, buenas, buenas» -Llegó mi Presi como quien llega a casa de unos amigos, ahí, sonriendo, mirando a cada uno de los invitados, recorriendo con sus ojos, muy mirones, cada detalle del salón. Llegó con él la alegría, la sencillez, arrazando con el almidomamiento que impone el protocolo…»Hoy es 4 de septiembre… martes, martes, ustedes están como tiesos ahí, relájense, relájense…» ¡Y cómo no relajarse!

Se acabó el silencio. Mi Presi, prefierió hablar de pie, entre las dos largas mesas de los invitados. Caminando de arriba a abajo, conversando con ellos, cequita, a medio metro de distancia.

Adivino mi cara en las caras de fascinación de los profes. En cinco minutos ya mi Presi había hablado del PIB, de la inflación, de la Faja Petrolífera, de los convenios con China, de boleros, del amor, todo esto con dos o tres chistecitos intercalados, hasta que él mismo se interrumpió diciendo: «¡Yo empecé a hablar y el acto no ha empezado! Es que estaba practicando» -Se rió.

Entonces sí empezó de verdad, y fue simplemente la continuación de lo que ya había empezado. Mi Presi, haciendo una de las cosas que mejor hace, nos dio una lección de «economía al alcance de todos», por si acaso alguien no entiendía «con qué se comen» los Petro-Orinocos. Los profes recibieron frasquitos con muestras de petróleo y algunos de sus subproductos. Me dió mucha risa como casi todos, con disimulo, destapaban el frasquito de azufre para ver a qué olía… ¡Huele a azufre! -Dijo mi Presi hace años en la Asamblea General de la ONU. Todos queríamos saber a que olía lo que olió mi Presi allá.

De la clase pasamos al recreo con la entrega, a cada profe y funcionario, de sus Petro-Orinocos. Se hacía justicia, se saldaba una deuda que tal vez duró demasiado, pero al fin llegó. No pude dejar de pensar en mi papá, tampoco pude evitar la infantil imagen de verlo sentado en una nube, mirando hacia abajo, aplaudiendo a sus colegas reivindicados, aplaudiendo a su Presidente y, ya que aplaudimos, pues, aplaudiendo a su niña que estaba ahí aplaudiendo.

Mi Presi se fue acercando, de uno en uno, a todos los profes y funcionarios que esa tarde recibían sus prestaciones, pero mi Presi es mi Presi y hace las cosas como sólo él las hace. Fue así como un acto formal de gobierno se convirtió en una tarde para recordar toda la vida.

La moderadora anunciaba los nombres de los beneficiarios y en cada uno mi Presi encontraba un nexo, un cuento, un chiste que los convertía en amigos.

«Miguel Ángel Rengifo» -Anunció la moderadora y Miguel Angel agregó orgulloso «De Camaguán»-Palabras mágicas que hechizan a mi Presi ¡Camaguán!… Que es tierra mía. Y canta mi Presi cantor: «Camaguan, que es tierra mía, que siempre vive…» y ya son amigotes Miguel Ángel y mi Presi y yo también me siento un poco amigota de los dos.

De Camaguán nos paseamos por la Valencia de la profesora Angela Rosa Fernández, por la Valera de Lenín Molina, a la caraqueña Pastora con Lenny Soriano Cruz, a quien le pregunta mi Presi, muerto de la risa, si le molestan los gallos que él tiene en Miraflores. A Barquisimeto, a Caripito… «¡Juan!, ¡Juan Perdomo! Nombre criollito, compadre. ¿De dónde es usted, Juan?» Pues, Juan era de ahí cerquita donde vivió mi Presi, por la carnicería, en el puente, arriba… Y uno podía imaginarlo todo mientras Juan y mi Presi recordaban el taller del gallego, los cafecitos compartidos con toda esa gente de Santa Rosa en Maracay. Mi Presi reconoce los razgos llaneros en la cara emocionada de Ismelda Arias, «Yo soy de Ciudad de Nutrias» – dijo la profesora, y voló la mente de mi Presi por aquellos lados y nos llevó con él a navegar por el Apure, todos en el mismo barco, desde Caicara hasta Guadualito… Ismelda, «llanera al fin» – como dijo mi Presi- había escrito algo: un agradecimiento sencillo, emotivo, tan emotivo que no pudo terminar de leer. Me acordé de mi abuela, Mamama, que decía que en momentos así sentía una papa en la garganta… Creo que todos ahí teníamos una papa en la garganta…

Fue así como fuimos amigos en el Salón Ayacucho. Hay por ahí una teoría que dice que dos personas cualquiera, en cualquier lugar del mundo, se relacionan, como puntos, a través de siete personas: una que conoce a otra y otra que conoce a Fulano y Fulano a Perencejo… Hasta unir, en una cadena improblable de relaciones, a dos perfectos desconocidos. En Venezuela acortamos esa distancia, el punto de encuentro es uno solito. El punto de encuentro es mi Presi.

A todas estas, desde que comenzó la tarde, mis ojos que quieren beberse todo lo mirable, se empeñaban en detallar los zapatos de mi Presi: unos zapatos café con leche, sencillos, con las suelas más gastadas de un lado que del otro, zapatos caminados, llenos de historias… Pero esa será otra historia…

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La razón es la alegría

Desbordada mi capacidad de asombro, como en una alucinación psicodélica, la vida me pone una acreditación de prensa en el pecho y un revoloteo de mariposas en la barriga… Durante un mes iré corriendo detrás de mi Presi para escribir crónicas de su campaña, de nuestra campaña.

Empezamos con un encuentro con los trabajadores en Vargas. Llegamos con horas de anticipación y a mi me carcome la ídem. Me siento con la tonta noción de que solo cuando llegue mi Presi es que voy a conseguir historias para contar. La historia ya estaba ahí.

Alguien, grita consignas probando el micrófono. A martillazos, ajustan los últimos detalles… Yo tengo sed y espero… Tengo sed de que empiece todo.

Van llegando los trabajadores, vienen con sus afiches, con pancartas escritas a mano, con su alegría. Se van acomodando en los mejores puestos, pero todos los puestos son mejores cuando uno viene a ver a Chávez.

En la medida en que se llenan los asientos, se llena todo de alegría, y voy a insistir en esto: en la alegría, porque eso somos, esa es nuestra fuerza y nuestra razón.

Me llaman unas señoras que me han visto en la tele, son un club de abuelos pachangosos y muy chavistas -valga la redundancia- que vienen a ver a mi Presi. Entre ellos, Rosa vestida de burriquita, linda, estrenando esta semana sus setenta y dos años. Emperatriz, haciendo lo que las abuelas hacen, me regala una botellita de agua y Elisa me pide que le diga al Presi que ella lo quiere mucho. Abuelos jubilados, trabajadores de ayer que no se sientan a contar arrugas sino que hacen revolución.

Un niño me hace señas desde lo más alto de las gradas, agita una bandera pequeñita como él. Me grita algo, me hace más señas, veo sus ojos y su urgencia, quedamos en vernos allá del otro lado, más abajo, donde podamos escucharnos.

El niño se llama Daniel, se fue a Vargas, solito desde San Antonio de los Altos, para hablar con mi Presi. Traía una carta escrita con sus letras de primaria, dobladita, con la esperanza apretadita en su puño. Quería dársela a mi Presi, a su Presidente como él mismo decía, quería entregarse «cara a cara» para contarle, de paso, que «él es el niño más bolivariano del estado Miranda». Daniel espera por su casa, angustiosa espera para un niño, pero sabe que es posible tenerla, sabe que muchos ya la han recibido, por eso, porque lo sabe, estaba ahí pidiendo una para su papá, mamá, y su hermanita. ¡Ahí vamos, mi niño bolivariano!

La gente canta, la gente grita. Como en un presentimiento colectivo, una fuerza nos dice que ya está cerca, que ya viene… Arranca la música y la fiesta se vuelve más fiesta. Los chavistas estamos predispuestos a la gozadera. Al son del más leve ritmo nos paramos todos a bailar. Allá la veo, a Rosa, la burriquita, bailando con sabrosura. Arriba todos bailan, abajo todos bailamos, yo bailo y anoto el baile en una libretica, como si estas cosas pudieran olvidarse… ¡Uh, ah, Chávez no se va! Bailamos… Al son de la clave bailamos.

Por momentos parecemos agua, como si todos fuéramos una sola cosa… -Y es que somos una sola cosa, somos chavistas-. Parecíamos agua que se mueve toda junta, que fluye, que empapa… Que empapa de alegría.

Al fin llega mi Presi. Lo supe no por haberlo visto llegar sino por el ruido que se levanta y llena todo, que pone la piel de gallina, que te envuelve, y te incluye porque uno también está gritando. ¡Te amoooooooo!

Llega mi Presi y la alegría se convierte en atención. Queremos escucharlo, queremos escucharnos en su voz. Entonces mi Presi hace lo que siempre hace: ser nosotros. Y como nosotros, entre muchas verdades, dice la verdad más grande de todas: «Quien se meta con el pueblo se mete con Chávez y quien se meta con Chávez se mete con el pueblo». Otra vez como el agua, fluyendo todos juntos, a veces haciendo olitas, porque a veces chocamos, pero siendo siempre lo mismo, siempre siendo chavistas. Mi Presi arropándonos a todos, nosotros arropándolo a él.

Y arropada termino la noche, con los ojos abiertos de par en par prometiéndome en vano un desvelo que no fue. Escribiendo en mi cabeza lo que en la mañana siguiente, después del sueño profundo que viene después del sueño realizado, les terminaría de escribir.

Esta historia continuará… Hasta el dos mil siempre.

Carola Chávez

1 de septiembre 2012


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