Las pilas de Chávez y la marmota que fui

En campañía de Chávez

XII

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Perseguir a Chávez, confieso marmotamente, no es cosa sencilla. Yo vivo en la isla de Margarita, en un vallecito traquilo, lejos del ruido, cerca de siembras de tomates y vacas que pastan en la orilla de la calle, en los terrenos baldíos. Escribo desde mi cocina con vista al Matasiete y un roble lindo que nos da sombra y pajaritos cantores. Escribo tranquila, vivo tranquila, como una marmota feliz.

Desde que llegué a Caracas, el 30 de agosto, con la misión de correr tras mi Presi, la marmota que fui se convirtió en un vago recuerdo. Cerca de Chávez no puede haber marmotismo, Chávez es acción y energía.

Veintitantos días en campaña, corre y corre, mira y mira, escribe y escribe. El jueves 27 fue uno de esos días que me hacen preguntarme cómo puede una persona hacer tanto sin bajar el trote. Me lo preguntaba trotando a la par del trotador, me lo preguntaba por él sin pensar que yo también trotaba.

Temprano fuimos a Ciudad Tiuna. Allí estuvo reunido con beneficiarios de 0800-MIHOGAR, con banqueros y constructores privados que firmaban acuerdos para todos los venezolanos tengamos casas dignas. Vi Ciudad Tiuna con mis propios ojitos, una verdadera ciudad nueva. Miles de apartamentos para miles de familias. La imagen era fabulosa: los edificios en construcción, ya bien avanzada, al fondo un cerrito con ranchos. Vi el sueño posible, vi que un día cercano, si nos empeñamos en ello, ese cerrito, todos los cerros serán un recuerdo, culpechavez.

Mi Presi habló de pie durante una hora. Ese día, como todos, tenía la agenda llena. Yo administraba mi fuerza porque ya sé como son los días de un hombre que, además de estar en campaña, no ha dejado de trabajar en el gobierno ni un solo día.

Corre, nos vamos a Coro. Hay caravana y discurso. Corrí con la boca llena, tratando de tragarme a la carrera lo que iba a ser mi almuerzo. Maiquetía, un vuelo corto que no da para una siestica. ¡Corre! Estamos en Coro.

Otra vez las calles llenas de gente esperando verlo. Imágenes que se repiten en cada lugar que visitamos. Imágenes que me recuerdan que todos somos uno. Y siempre la alegría, y siempre ese amor que se me amuñuna en el pecho y hace que me corran lágrimas por mis cachetes templados por una sonrisa incontenible. Histeria, diría un experto de cartón. Amor inmenso le digo yo que soy la que lo siente.

La caravana avanza despacito entre una multitud que quisiera que no terminara de pasar, que se quedara ahí para siempre, con Chávez ahí cerquita. Se va haciendo de noche y llega mi Presi a la tarima. Ahí baila, como si no sintiera el cansancio que a mi me hace pensar cada paso que doy antes de darlo. Baila y canta mi Presi y todos nos descubrimos bailando. Las pilas de mi Presi alcanzan para todos. Su energía es tanta que hasta una marmota margariteña termina energizada.

«De corazón, de corazón, Chávez de corazón…» Brinca, brinca, brinco, brinco, brincamos…

¡Corre, que vamos a una fábrica de jugo de sábila! Corro y no sé cómo corro pero corro detrás de mi Presi en su carrera.

Ahora sí que no puedo más, necesito una pared para recostarme, para subir un pie y darle descanso, y luego el otro, por turnos, como un flamenco extenuado. Me pesa la mochila, me pesan los brazos, me pesan los párpados que, de repente se abren ligeritos, de par en par cuando lo veo venir, con su paso firme, con sus zapatos lindos, los mismos zapatos de siempre y me pregunto si las pilas de mi Presi están en esos zapatos.

Llega él y llega la vida. No hay sueño que pueda con esta marmota con ínfulas de libélula, rápida, improbablemente ágil, con pilas recargadas.

¿Quieres jugo de sábila, Carola? Me pregunta mi Presi y yo claro que quería, pero lo que más quería era seguir mirándolo, oyéndolo, descubríendole cada día más razones para quererlo como lo queremos. No me canso… Él no deja que nos cansemos.

No sé como hará mi Presi cuando regresa a casa. Pero sí sé que yo llegué, vi mi cama y caí de cabeza entre las almohadas, desconectada, hasta que un rayo de luz insolente me pegó en el ojo por la mañana. Un nuevo día para seguir corriendo feliz, corriendo hacia la victoria perfecta, corriendo para seguir alcanzando los sueños que nos atrevimos a soñar, culpechavez.

Carola Chávez


Grisáceo Gómez en Acarigua

En campañía de Chávez

XI

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Era lunes, aunque para Grisáceo Gómez, desde hace 14 años, todos los días son lunes y lluviosos. Este era un lunes de sol, caluroso, era un hermoso lunes en Acarigua.

Por la mañana, Grisáceo salió a la calle a hacer lo que siempre hace: quejarse amargamente en un monólogo sordo, ciego, pero nunca mudo. Iba, como cada día, gastarse en el intento vano de opacar la alegría.

Parado en la calle no entendía, algo estaba pasando, tanta gente, tanta bulla, tan temprano. Quiso quejarse de algo algo, de cualquier cosa, pero nadie se detenía, todos seguían caminando por la larga avenida donde Grisáceo suele lanzar al aire las quejas suyas de cada día.

Avanzaba el día, iba llegando más gente. Toda Acarigua estaba en la calle. Tanta gente vestida de rojo y Grisáceo en medio de todos, puntito gris de espalda, puntito gris que no entiende por qué la música, por qué el baile, la risa, los besos y los abrazos… ¿Qué carajo celebran si este comunismo nos está matando?

Miles de personas le responden mientras pasan a su lado. Grisáceo no quiere ver y no ve. No vió a la mujer que lo miraba, ahora que puede mirar gracias a la Misión Milagros. No vio a los niños cachetones, bien alimentaditos, no vio que ya no están desnutridos, que hace años dejaron de estarlo, no vio que hoy van a sus Simoncitos y a sus Escuelas Bolivarianas, no vio sus Canaimitas. Vio a su vecino pasar a su lado saludando contentísimo, diciéndole no se qué cosa de la Misión en Amor Mayor, algo sobre su pensión de vejez que Grisáceo, por no querer ver tampoco escuchó.

Empieza a caer la tarde, el calor no cede, Grisáceo tampoco. De repente, el gentío que lo rodea de convierte en bulla ensordecedora, solo bulla insoportable para Grisáceo. Por no querer oír no escuchó la razón de la bulla. No escuchó que Chávez había llegado a Acarigua, que la gente estaba ahí para escucharlo, para verlo, para acompañarlo.

Avanzaba la caravana del Presidente y la multitud avanzaba, imposible, compacta, mientras Grisáceo, imposible, permanecía estático, como una roca en medio de un río caudaloso. Como una roca gris, dura. Las rocas no sienten el fluir del río, no ven la vida que fluye con él, así mismo Grisáceo no vio los mil rostros que pasaban a su lado siguiendo a la caravana. No vio sus expresiones, sus ojos aguaditos, sus sonrisas amplias… Luego las manos, tampoco vió las miles de manos alzadas alcanzado a Chávez, no vio las mismas manos en el pecho, como atajando a mil corazones a punto de saltar. No vio a Chávez queriendo tanto a su pueblo, no vio al pueblo queriendo tanto a Chávez. No vio la esperanza convertida en certeza porque Grisáceo daba la espalda, todo por no querer ver.

Por no querer oír no escuchó a todos gritando como uno, otra vez y como siempre: ¡Te amoooooooo! No vio, no oyó, no sintió…

Caía la noche y Grisáceo, con su vocación de piedra, parmenecía inerte, puntito gris oscuro en una avenida atestada de gente colorida en campaña, por su candidato, con su Presidente. La campaña perfecta en Acarigua para la victoria perfecta, cosa que en Portuguesa saben hacer muy bien. Ya lo han hecho antes y lo volverán a hacer.

… «Hasta la victoria siempre» -Dijo al final Chávez. «¡Viviremos y venceremos!» -Respondieron todos menos Grisáceo.

Viviendo y venciendo regresaron a sus casas los acarigüeros.

Arrastrando los pies, regresa Grisáceo a casa, arrastrando los pies y mascullando: en Acarigua nunca pasa nada…


Los Andes en dos dimensiones

En campañía de Chávez

X

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Llegamos a Mérida en la tarde, apurados porque sabíamos que, desde temprano, la gente había empezado a congregarse cerca de la tarima. Así lo contaban en twitter amigos que estaban en el lugar. Mi teléfono me alertaba desde el bolsillo con un «pio pio» cada vez que entraba un mensaje. Yo, queriendo adelantarme a lo que vería esa tarde, buscaba en la pantallita lo que estaba por ver en un ratico.

En El Vigía la gente esperaba, muchas mujeres y muchos niños coreando el nombre de nuestro Presidente. Ese «Chá-vez, Chá-vez» que se escucha a donde quiera que vamos, ese griterío que se arma cuando mi Presi se asoma y saluda. Esa alegría que se repite en todas las actividades chavistas. La alegría más alegre porque es la alegría de todos, hasta de los que no saben, hasta de los que no entienden, hasta de los que, por no verla, se enchufan a Globovisión. La alegría de un pueblo que conquista derechos para todos, incluso para los que no se quieren alegrar.

El camino de El Vigía a Mérida estaba bordeado de gente que saludaba con pañuelitos rojos, con pancartas, con las manos. Quise compartir lo que miraba, quise que todos vieran esas montañas, el río, pero sobre todo la gente que saludaba tan contenta al borde de la carretera. Tomé mi teléfono y traté de condensar en 140 caracteres una imagen que, como todos sabemos, «vale más de mil palabras». ¡Tuit!

Desde ese momento empecé a vivir nuestro paso por los andes en dos dimensiones: La real y la virtual, la que se mira con los ojos y la que no se quiere ver.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: No mientas, chavista tarifada, que en Mérida no hay nadie. Yo lo ví en Globovisión… (tuit)

Mérida, atiborrada de gente esperaba a Chávez y Clara, la de la vida oscura, desde Caracas empeñada en convencerme, en convencerse, de que aquello no era así.

Llegué a la tarima un rato después de que lo hiciera mi Presi. Desde ahí pude ver toda la avenida, largota, de cuatro canales, llena hasta donde se pierde la vista. Al final, más allá, la montaña veía lo mismo. Estaba garuando, esa lloviznita fría que espantaría a más de uno en una tarde cualquiera, pero no esa tarde porque ahí estaba Chávez y ahí estaba el pueblo con él.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva… (tuit)

Mérida cantando bajo la lluvia. Mérida chavista hasta los teque teques. Mérida en campaña: La campaña perfecta. Y en campaña, Patricia Acosta, de La Mano Poderosa de San Rafaél de Tabay. Ella es patrullera, y fíjate, Clara, la de la vida oscura, que es patrullera a conciencia: Patricia, que vive en una comunidad rural, de esas que nadie les hacía caso, ahora, culpechavez, es beneficiaria de la Misión Sucre. Estudia gestión social, según nos explicó ella misma, en la aldea universitaria Miguel Otero Silva (¡Ah, Miguel Henrique!). Y claro, eso es normal desde que ocupamos el quinto lugar en el mundo de los países con mayor matrícula universitaria.

Patricia nos sigue contando sobre su comunidad, y yo, que vengo de los tiempos de la nada, sigo disfrutando de mi propio asombro. Explica Patricia cómo los médicos llegan a la gente que no podía llegar a los médicos, cómo los Mercalitos acercan la comida a las comunidades remotas… Nos cuenta de un vivero para los niños de la escuela de La Mano Poderosa, nos cuenta de los abuelos de su comunidad que ahora reciben su pensión, nos cuenta lo que sabemos, de nuestros derechos reconocidos eso explica sus razones, nuestras razones para votar por Chávez.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: Mentira, a ustedes les pagan para decir eso porque este gobierno no ha hecho nada, nada, nada, nada… (tuiteando con los dedos tapándole las orejas)

Terminando el encuentro se desató un palo de agua que no mojó los ánimos. Las calles de Merida parecían ríos. Los merideños bajo el aguacero, empapados pero contentos. Ni la lluvia pudo con ellos. Parecía que no querían dejar esas calles, parecían querer prolongar la fiesta.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: Desoladas las calles de Mérida por culpa del hampa. En Mérida, como en el resto del país, Ya nadie se atreve a salir de casa (tuit desde un restaurante de Las Mercedes, Caracas)

Al día siguiente en Valera, la fiesta continuó. Otra vez la gente: desde el aeropuerto, donde esperaba un gentío cuya vista iluminó connuna sonrisota la cara de mi Presi al bajarse del avión. Desde ahí en adelante, gente abarrotando cada calle, cada ventana, cada balcón, techo o terraza, hasta las ramas de los árboles eran buenas para subirse a ver a Chávez. Otra vez la misma alegría, siempre la alegría… El mismo propósito, las mismas razones. Cada ciudad que visitamos es un encuentro con uno mismo, nuestra mirada en la mirada de otros. Todos somos una misma cosa: somos chavistas.

De las celles de Valera nunca pude ver la calle, todo era gente que desembocaba en una avenida donde no ya no cabía ni un alfiler. En las calles, aún si posibilidad de ver a Chávez, la gente permanecía. Al lado de la tarima principal, con muy mala vista, había una callecita desbodada de personas se conformaban con poder escucharlo de cerquita… saberlo cerquita.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: Abran los ojos chavistas, Chávez no tiene pueblo, ese bubulú no es verdad porque yo NO lo ví en Globovisión (tuit angustiado durante una asomadita de Clara por VTV)

Y cerquita se queda, se queda, se queda, Mi comandante, se queda… Se que en cada pueblo aún cuando regrese a Caracas. Se queda en las misiones, en Barrio Adentro, Mercal, en la Aldea Universitaria, en la Canaimitas de los niños. Se queda metido en el corazón… se queda, porque el 7 de octubre vamos todos, cargados de razones, a votar por Chávez, mi Presi, nuestro Presi, el corazón del pueblo, el candidato de la Patria.

@Clara_la_de_la_vida_oscura: Te lo juro que si gana Chávez yo me voy del país. Este comunismo me está matando (tuit desde la orilla de la piscina del Club Valle Arriba meneando un Gin Tonic)

@tongorocho: Tranqui, Clara, que siempre amenazas con lo mismo y nunca te vas, porque nunca viviste mejor que ahora, culpechavez. ¿En serio vas a votar contra ti misma solo por no dar tu brazo a torcer? ¡Uh ah!

Mérida y Valera, 21 y 22 de septiembre de 2012


En buenas manos

En campañía de Chávez

IX

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El Poliedro se llenaba de muchachos como cuando yo era pava e iba a un concierto. El estacionamiento atestado, la entrada, los pasillos, y poco a poco las gradas, hasta llegar al techo. Mas de veintitres mil muchachos y muchachas llegaron de distintos estados, viajaron algunos toda la noche -juventud divino tesoro- y estaban ahí fresquitos, bailando, cantando, gritando sus consignas, gozando, esperando, no a una estrella de rock sino al rock mismo: a Chávez, el otro beta.

La música a todísimo volúmen reventaba mis tímpanos cuarentones mientras a los chamos, no solo parecía no molestarles, sino que podían conversar en medio de aquel fabuloso escándalo… ¡Y qué digo conversar! Conversaban y bailaban sin perder el aliento… Bailaban con tanto sabor que yo quise bailar con ellos. Y lo hice -¡Oh batatas engarrotadas!- y hoy mi cuerpo lo está pagando.

Jóvenes artistas, campesinos, investigadores, deportistas, muchachos y muchachas que, probablemente, jamás hubieran coincidido en el Poliedro, hoy celebraban juntos ese improbable encuentro, jóvenes tan distintos descubriendo semejanzas, integrándose, complementándose, todo esto culpechavez.

Yo, cuarentonamente, los miraba, añorando algo que no viví. Yo fui una pava en tiempos pavosos, cuando la política era un insulto, cuando los políticos nos arrebataban todo, y nosotros existiendo por inercia, como si no hubiera mañana… Porque no teníamos mañana…

Pero eso fue ayer…

Hoy vi a una juventud distinta: chamos armados de ideas, llenos de razones para defenderlas, con alegría, a su propio modo, con un entusiasmo contagioso, con una convicción conmovedora. Yo, que estuve alguna vez convencida de que no había salida, veo la salida en sus miradas frescas, veo, aliviada, la continuación de nuestros sueños, transformados por ellos en sueños más grandes, más audaces y tan posibles.

Libres de muchos de los lastres que mi generación aún carga, nuestros jóvenes se atreven a más y mejores cosas. Y más y mejores cosas nos mostraron.

Llegó Chávez y el ruido que ya me había dejado sorda, se hizo más ensordecedor. El Poliedro de mis conciertos ochentosos jamás escuchó una aclamación igual. La cara de mi Presi tenía una expresión que no creo haberle visto antes y que no sé si sea capaz de describir. Era una mezcla de papá orgulloso, con Tribilín, el muchacho jodedor que tiene dentro… Era una cara de esperanza, de certeza, de compromiso de ida y vuelta, correspondido; cara de alegría, cara de ¡allá voy muchachos! y se lanzó al medio de la olla, corrió a encontrarse con ellos, y entre besos, abrazos y bailes se encontraron.

Llego la hora, se apagó el ruido, y yo, que creí que ya no podría maravillarme más de tanta maravilla, me maravillé todavía más. Hablaron los muchachos: empezó la deportista, Carla Magglioco, nuestra boxeadora olímpica. Su emoción nos emocionó a todos y emocionados la vinos hasta boxear con Chávez. Y los muchachos de ciencia y tecnología junto a los muchachos del frente campesino hablando de proyectos complementarios, la ciencia aplicada a la agricultura, inventando una vida mejor para todos, cada uno desde donde sabe. Y luego Manuela, de los movimientos urbanos; una artista jovencita empeñada en crear otra forma de hacer las cosas, una vida distinta, amable, humana, sostenible. Una cabeza llena de propuestas, toda una vida por delante para llevarlas a cabo y una revolución que la aupa, que le da las riendas.

Jóvenes que crecen en un país distinto al que me tocó crecer a mi. Muchachos que aprendieron a dar en lugar de pedir, queriendo darnos todo, con la impaciencia maravillosa de los muchachos… Y nosotros respiramos tranquilos, porque sabemos que tendrán tiempo y que ya tienen lo más importante de todo: convicción y buenas ideas.

Estamos, los jóvenes más viejos, en muy buenas manos. En manos de «la mejor de las generaciones que por esta tierra venezolana han pasado en 500 años.»

Caracas, 20 de septiembre de 2012


Del Este al Oeste

En campañía de Chávez

VIII

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foto: Anebert Zurdo

Osea, no me pregunten cómo pero ayer estuve en Catia en la caravana del que te conté, osea, Chávez, osea… Ok, pregúntenme. Es que Carola me lleva a veces a unos lugares que, osea… Y esta vez me llevó, a mi, a la Kiki a Catia, osea, al oeste del Oeste…

Yo nunca había estado ahí, estaba, osea, super perdidísima, osea, me perdería demasiado. Pasamos al lado de unos edificios grandotes, osea, y alguien me dijo que eso el 23 de enero, osea, que el 23 de enero existe, que no es una leyenda urbana, osea, y que ahí vive gente, yo los vi asomados en las ventanas, osea, sacando banderas rojas, franelas rojas, cualquier cosa que fuera roja, osea, dice Carola que para saludar a Chávez pero yo creo que era que estaban colgando su ropa para que se secara en los balcones…osea

El camino estaba lleno de chavistas. Lo supe, osea, porque estaban contentísimos, osea, super happy, típico de los chavistas que no están bien informados, que son capaces de pasar todo el día sin ver Globovisión, osea, así cualquiera está alegre.

Me quedé loca porque la gente llevaba a sus niñitos !Quí hurribli! ¿Acaso no saben que un día que nunca llega se los van a quitar para mandarlos a Cuba? Osea… Y los niñitos saludaban contentos porque esos niñitos no saben que, sí, osea, sí: hoy les dan su computadorcita super cuchi pero eso, osea, es una trampa, para que crean, osea, y luego, ¡zuas! A Cuba toditos con ese señor que se llama Fidel, osea, que se parece un poquito a Santa Claus porque tiene barba y tal, pero no es porque no trae juguetes, osea, sufro como Maricori…

Otra cosa que me dejó, osea, helada es que en Catia vive un gentío yo que pensaba que nadie quería vivir allá, osea. Y no solo viven ahí sino que parece que son felices, a menos que, claro, les hayan pagado para parecer felices mientras pasaba la caravana, osea, entonces pienso, decente y pensantemente, que Catia es como un Hollywood caraqueño, full de actores de primera, osea, como para darle a toda Catia un Oscar, osea, que deben tener como 14 años ensayando la alegría, y la ensayaron bien porque hasta yo, que sí vi Globovisión antes de salir de mi casa, casi que siento una sonrisa en mi cara, osea, contrólate Kiki, contrólate…

O Hollywood, o que todos los empleados públicos de Venezuela viven en Catia y los obligaron a ir, osea, qué gentío, osea, con razón la burocracia… Osea, no puede ser otra cosa.

Y aquella canción, osea, súper pegajosa, osea, y todo el mundo cantando «de corazón, de corazón, Chávez de corazón»… Osea, y yo te lo juro que no quería cantarla, así que me concentré en la cara de Nitu, para no contagiarme de esa felicidad que había en Catia, porque, osea, si yo me llegara a sentir feliz en Catia, la Tutti, mi primi, me borraría del Facebook, osea

Avanzaba la caravana como a cámara lenta. Yo no sé por qué nos metimos por esa calle llena de gente que no nos dejaba ir chola para poder salir de ahí. Cosas de chavistas que uno no entiende, osea, porque si yo fuera presidente privatizaría una calle solo para mi, osea, sin gente, sin colas, osea, y me iría demasiado… Osea, pero ahí estábamos, en medio de un bululú impresionante y el señor de la verruga, osea, en vez de darse su puesto y empujar a todo el mundo para salir corriendo de ahí, no, osea, él saludando muerto de risa, y tirando besos a todo el mundo, como si todos fueran iguales… Osea, como si todos fueran presidentes… Ahí es cuando me puse fúrica con Carola, osea, porque me dijo: «es que Chávez y el pueblo son una misma cosa… »

Osea, ya empezaba a hiperventilar, tenía yo un bajón de Aló Ciudadano. Necesitaba, osea, que alguien me dijera por la tele que yo no estaba viendo lo que estaba viendo en Catia. Y yo, buscando aire, osea, porque yo respiro aire, levantaba la cara y solo veía balcones llenos de gente con banderas, con trompetas y pitos… Música, música… Familias enteras, osea, porque en Catia viven familias, osea

Full chamos, osea, adoctrinados. Yo no sabía que había tantos chamos chavistas. Yo creía que los manos blancas éramos la juventud venezolana, que nosotros somos los estudiantes. Los únicos EEEEEs- tu- dian-tes clap, clap, clap… Osea, había hasta una chama igualita a la Tutti, llevaba la misma franela rosada neón que compró la Tutti la semana pasada, osea, pero no era la Tutti, porque la Tutti, me consta, está en Mayami, oseaOsea, qué los chamos de Catia son como nosotros, osea, y yo ya no estoy entendiendo nada… Necesito ver a Carla y Kiko, osea, necesito que alguien apague a Carola que la tengo al lado «¿Viste, Kiki?» aprovechando este momento de debilidad que me choca, osea

Me choca, osea, y tengo que concentrarme en el camino, no vaya a ser cosa de que me quede sin amiguis, osea. La idiota de Carola insiste «Tranqui, Kiki, que el voto es secreto, que en el este del Este, hay un montón de chavistas de closet»… Osea, no se si odiar o querer a Carola…

Osea, necesito una señal, algo que me rescate, osea help, porque Carola dice que el amor se contagia y yo me estoy contagiando, osea, y no puedo. Ya son muchos años furiosa, son años y años de «no es no» como para que ahora venga yo a decir que «si es sí»…osea, yo tengo mi orgullo intransigente, osea, fuck! Pero también tengo ojos, osea, así que nunca debí venir a Catia, tenía que haberlo visto en el canal que me dice lo que tengo que ver, osea, era más fácil no venir…

La señal que buscaba llegó: entre todos los balcones, iluminados, festivos -como diría Carola-, había uno en penumbras, sin sus bombillos cubanos, apagado todo, donde dos persona, apagadas también, miraban todo lo que yo miraba con cara de odio, de asco, osea, » como tu cara Kiki, como tu cara» -Carola quiso abrazarme- osea, y yo la quise abrazar, osea, ¿seguro que esta caravana no tiene burundanga?

Osea, «De corazón, de corazón, Chávez de corazón»… ¿Osea?

Caracas, 17 de septiembre de 2017


San Fernando en mis ojos

En Campañía de Chávez

VII

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Vi San Fernando de Apure en la tarde del sábado. Como siempre, con Chávez todo empieza antes de que empiece y ya la fiesta había empezado. Vi que las calles de San Fernando estaban esperándolo. Vi gente en las aceras, en los balcones, en cada ventana, sobre los techos, encima de los árboles… Cien escoltas espontáneos nos acompañaban en sus motos y se iban sumando más en cada metro andado… Un solo grito en mil voces: !Cháveeeeeeeez!

Vi a Chávez sabanero: el hombre en su salsa, en sus caminos. El hijo, el hermano, el compadre que vuelve a casa. Vi La felicidad del reencuentro. Vi su cara contenta, sus ojos como queriendo tragarse todo para llevarlo todo de vuelta consigo, vi al amigo.

Vi… sentí, en la sabana un amor hondo, uno distinto a todo lo que he visto. Es como un amor de tierra, ese que nace en medio de la naturaleza vasta, hermosa y también terrible de aquellos lados. Tierra de hombres y mujeres recios porque hay que ser recio donde todo es gigante: los ríos, las llanuras, las lluvias, la sequías, las angustias y las alegrías…

Vi tantas caras, y cada cara era una historia que no puedo sino adivinar. Quería llegar allá y preguntarle a una muchacha que iba vestida de muñeca de trapo, sonriendo, con sus cachetes colorados, entre tanta gente, una muñequita con trenzas de estambre rosado que me lanzó una bolsita de tela de flores, como su vestido. Adentro, intuí al tacto, un papelito para mi Presi. Un abuelo montado en la copa de un árbol donde también habían subido un grupo de muchachos. El abuelo había subido más alto que todos y desde ahí saludaba a Chávez que también lo saludaba. Los balcones eran una fiesta. Familias enteras celebraban. Mi Presi los saluda y todos brincan y se abrazan como si fuera un «feliz año» en pleno septiembre apureño. Una amiga me contaba que había una familia celebrando con un sancocho la visita de Chávez y le decían » todos nosotros somos chavistas», y agregó una niña que estaba entre ellos: «Sí, y yo soy el semillero». A un llanero grande le corría un río de lágrimas por la cara curtida y se golpeaba el corazón con el puño, su forma de decir lo que las mujeres gritaban a su lado: Te amo.

El amor es una cosa seria, porque es tan sabroso que se contagia, uno llega a Apure creyendo que amaba a su Presi y sale de ahí amándolo mucho más, llenando mi amor con el amor de otros, fortaleciendo este raro amor colectivo. Y no se ama por cualquier cosa, el amor solo es amor cuando hay razones. En medio de aquél gentío no era difícil encontrarlas. Las razones estaban ahí, agitando sus manos, saludando, acercándose… Egleé Aparicio se abría paso entre el gentío apretujado. Venía decidida, tenía que decirme algo que yo no alcanzaba a escuchar. Egleé, no se dejaba, insistía, empujaba como si la vida se le fuera en ello, hasta que pudimos darnos la mano: «Dile a mi Presidente que gracias. Que operaron a mi hijo y que está muy bien»… Gracias… Esa mujer hizo todo ese esfuerzo de empujones, apachurramientos, para dar las gracias… Yo lo vi.

Mariela Salinas, unos metros más adelante, me dijo » Yo lo que quiero darle las gracias a mi Presidente porque salvaron a mi sobrina». Dos mujeres agradeciendo por la salud de los suyos.

Y dirían mis amigas del este del Este: «Pero eso no es un favor sino un deber del gobierno». Claro, un deber de todos los gobiernos que siempre se negaron a cumplir con su deber, hasta que llegó Chávez. Ahí está la razón: agradecemos la palabra empeñada, la promesa cumplida, la certeza.

Apure es todo chavista, me gritó una muchacha y yo vi clarita la Victoria Perfecta en las calles de San Fernando.

Vi a mi Presi desbordado de emoción. Escuché su voz quebrarse, vi sus lágrimas, igualitas a las del llanero que se golpeaba el pecho de amor. Vi a Chávez sabanero y vi a la sabana entera con él.

Ya nos íbamos, el camino bordeado de gente que seguía queriendo seguir con él, con Chávez, el hijo de Apure, el hermano, el compadre, el hombre más grande que ha parido la sabana -sin que me quede nada por dentro- el hombre más grande que ha parido esa tierra.

Justo antes de partir, tratando de guardar a Apure para siempre en mis ojos, escuché un grito que, por lejano, apenas se oía: La voz de un muchachito que gritaba «Viva Chávez»

El semillero…

Caracas, 16 de septiembre de 2012

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El mero mero y las mujeres

En campañía de Chávez

VI

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Una tarde completa para un serenatero. Ayer Vicente Fernández, el cantor mexicano, se encontró con un admirador. No cualquier admirador, sino uno que conoce sus canciones, sus películas y nos las cuenta y nos las canta. Vino Vicente Fernandez a conocer a mi Presi.

El encuentro fue en el Palacio de Miraflores. El cantor caminó hacia la puerta del despacho presidencial rodeado de fotógrafos, acompañado por algunos ministros y cantores venezolanos, envuelto en el rigor del protocolo. Hasta que se abrió la puerta…

«¡El mero mero!» -Se adelantaba por la rendija entreabierta otro vozarrón: el vozarrón de mi Presi.

Empinada, detrás de un enjambre de fotógrafos, apenas alcancé a ver el saludo. Entraron y mientras las puertas se cerraban pude escuchar a mi Presi cantando lo que siempre nos canta: «Grabé en la penca del maguey tu nombreeeee»

Al ratico nos invitaron a pasar y pudimos escuchar a Vicente Fernandez cantar. «¡Retumbó Miraflores!» -Mi Presi expresó nuestro propio asombro. La voz de Vicente Fernández es de trueno y seda. Su voz, sus tantos años cantando, merecieron una condecoración que ayer se llevo en el pecho.

La visita fue breve, amable, alegre. Partió el cantor y quedó mi Presi cantando, como un muchachito contento.

Entre canción y canción supimos que el loro fugitivo había vuelto a su jaula. Discutimos todos el destino del loro. Mi Presi lo quiere libre, el loro parece que también prefiere el samán con sus novias a la jaula. Pobre loro domesticado con alas voladoras. Sabe volar hasta el cielo pero no sabe buscar comida. La historia del loro conmovió hasta al más curtido de los presentes.

«Nos vamos al Teresa Carreño» -Se despidió y entró al Palacio… Yo me quedé mirando a sus zapatos negros que se alejaban. Me pregunté por sus otros zapatos, los viejitos, lindos y llenos de historias… A lo lejos lo oímos: seguía cantando. Mi Presi, el mero mero.

Trasladada la serenata al lugar perfecto: El teatro Teresa Carreño abarrotado de mujeres. Habían llegado en la tarde. Traían flores para él. Traían corazones, traían a sus niños pequeños, alborotados primero, dormiditos sobre sus mamás después. Traían amor. Mujeres siempre llenas de amor.

Empezamos cantando el Himno Nacional. Un Himno en voces de madres, de hijas, de hermanas y abuelas. En los ojos dulces de aquellas mujeres ví una determinación de acero. Cantábamos el Himno como un juramento. Mujeres valientes, haciendo la Patria de nuestros niños, de todos los niños, junto al hombre inmenso que nos devolvió la Patria.

Y vino la serenata. No sé quién serenateó a quién: si mi Presi a nosotras o nosotras a él. Serenateamos todos. Nos cantamos, entre arrestos de taquicardia, canciones de amor durante casi una hora. Entonces habló mi Presi, cuando al fín lo dejamos hablar… Y lo dejamos… Y habló el hombre que nos conoce, que nos respeta, que sabe sentir lo que nosotras sentimos. Habló de nuestra fortaleza, de nuestros dolores ¡ay! como si él mismito los sintiera. Habló de amor.

Dirigentes populares, patrulleras, mujeres de distintos movimentos sociales, colegas del movimiento de amas de casa organizadas. ¡Vaya maravilla! Mamás que se organizan, que se niegan a ser diluídas en el olvido laboral, cuando son ellas las que hacen, quizá, el trabajo más difícil, más intenso y más importante de todos. Mamás a tiempo completo criando futuras generaciones de mujeres y hombres buenos. Mujeres organizadas, empoderadas… Un solo grito: «Chávez, te amoooooooo»… Te amamos… todas volándole besos y besos y besos…

Noche bonita. Una fiesta de amor. Una fiesta de presente y futuro que no se acabó cuando mi Presi, nuestro Presi, tuvo que partir. Seguimos celebrando afuera del teatro, seguimos encontrándomos en los ojos de otras: Maria Antonieta, Eva, Alicia, Julia y su hija Miroslava, Elizabeth, de Caracas, de Valencia, de Vargas… Tomamos por un momento la esquina de la avenida Bolívar, ese mujerero chavista, riendo, recordando cada momento que acabábamos de vivir y cómo casi nos desmayamos de amor, y cómo seguiremos amando a ese hombre que no se conforma solo con regalarnos serenatas.

Queriéndolo, queriéndonos, nos fuimos, por fin, a dormir.

Caracas, 13 de septiembre de 2012


Serenata con loro

En Campañía de Chávez

V

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Ayer, en una rueda de prensa, contaba mi Presi la fuga de uno de sus loros. Se trata de un loro que le regaló una señora, un loro que decía: ¡Viva Chávez!. Un loro que desde que llegó a Miraflores estuvo calladito, no decía ni pío, ni ¡Viva Chávez!, ni nada.

Hace unos días el loro se fue volando. Se fugó de su jaula. Lo buscaron por todos lados pero el loro no estaba. Ayer apareció «En el árbol que está frente ahí a Miraflores, dentro de Miraflores, un árbol grande que está ahí, donde está el helipuerto, ahí se ahí se encaramó, ahora anda acompañado con dos loros más, buscó escoltas… Buscó escolta, no se sabe si es una novia que tiene, o dos novias, no se sabe. Pero lo cierto es que él ahora sí canta, está arriba del samán escoltado por dos loros, y viva Chávez, viva Chávez, y dice no sé cuántas cosas, está libre el loro, hay que dejarlo quieto… déjenlo quieto…»

Hablaba de libertad, mi Presi, y su voz era la de un muchacho enamorado, un amor que se desbordaba de sus ojos. Ojos chiquitos, mirones y tan decidores…

Hablaba de amor, de un amor colectivo que alcanza a todos, hasta a un loro que no se quiso ir. Hablaba de su razón de ser, de su vida, de su circunstacia.

«Entonces no se trata de Chávez, Chávez no ha sido sino una circunstancia… Como dice la canción… amor, lo nuestro sólo fue casualidad la misma hora, el mismo boulevard… .. ¡Ese ha sido Chávez! Yo no tuve la culpa de haber nacido en 1954 a pocos días de Dien Bien Phu o al mismo tiempo que los aviones yanquis bombardeaban Ciudad Guatemala para sacar a Jacobo Arbenz o pocos meses después de que Fidel, Raúl, el Che y no sé cuántos más asaltaron al cuartel Moncada, locos de patria. No tengo la culpa, yo he podido nacer 100 años antes o ayer, yo no pedí ni siquiera venir a este mundo pues, todo fue casualidad la misma hora, el mismo boulevard ¿eh? Yo no pedí entrar en la Escuela Militar, me costó bastante por cierto me costó bastante ¿ah? Tribilín, el zurdo Tribilín que quería ser el Látigo Chávez, la misma hora, el mismo boulevard ¿eh? Y luego no tuve la culpa yo del golpe de Estado en Chile y aquel brigadier que era de 18 años y aquellos jóvenes, no tuve la culpa de ser soldado. Yo no escogí este camino, decía Simón Bolívar allá en Angostura, nuestro Padre Libertador, “No he sido más que una débil paja arrastrado por un huracán…” el huracán revolucionario.

Yo no tuve la culpa del fracaso estruendoso del Pacto de Punto Fijo ¿eh? ¿Échame la culpa mí? No tuve la culpa del 4 de febrero, mucho menos del Caracazo, lo vi con estos ojos desde allá del Palacio Blanco cuando comenzaba la explosión y después por ahí por el Silencio salí y vi aquel desastre y yo soy hijo del huracán… la misma hora, el mismo boulevard. Sólo que algunos se niegan de manera pero irracional a reconocer esto y cuando digo Chávez no… Ya estoy yendo más allá de este cuerpo y de esta alma que está aquí. Nosotros somos hijos de un huracán, nosotros surgimos a la historia venezolana producto de la crisis profunda y la catástrofe del Pacto de Punto Fijo, el desmoronamiento de un país pues, el país se desmoronó… En fin, 20 años, no es nada, la misma hora, el mismo boulevard…»

Y sigue cantando:

si alguna vez nos vemos por ahí,
Invítame un café y hazme el amor
Y si ya no vuelvo a verte
Ojalá que tengas suerte
Ya lo ves, la vida es así
Tú te vas y yo me quedo aquí…

«¡Ah malaya! una guitarra, compadre, y una ventana, y una muchacha

bonita y una madrugada» -Sonrieron los ojos de Tribilín que, quizá sin

saberlo, nos acababa de regalar una hermosa e inolvidable serenata: una

serenata con loro.

Caracas, 11 de septiembre de 2012


Una sola mirada

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En campañía de Chávez

IV

Este es un relato visual en que que apago la música que sonaba alegre, apago los gritos, apago los oídos y abro los ojos de par en par. Esta es la historia de la calle en Charallave, de un domingo de sol achicharrante, luminoso… Es la historia de la gente que ignoraba el calor al calor de la espera; de la gente movida por el amor de un solo hombre y unida toda en ese solo amor.

Eran cerca de las dos de la tarde y ya venían llegando, por la carretera se les veía a pie, en moto, en camiones, carros, autobuses; como fuera había que llegar. Traían banderas, traían a sus niños, traían alegría pero sobre todo traían esperanza.

Poco a poco se iban congregando frente a una tarima. Bailaban y esperaban. Algunos buscaban una sombrita, los árboles se convirtieron es oasis sobrepoblados. Eran casi las cuatro de la tarde y el sol no cedía.

De repente, otra vez el recurrente presentimiento colectivo que nos dice a todos que ya viene, que falta poco. Todos buscan lo que creen será el mejor lugar para verlo, y más importante, que él los vea. Todos parecen necesitar su mirada. Yo los entiendo, porque yo también soy ellos.

Su mirada nos dice que él sabe, que entiende… Su mirada nos da tranquilidad, certeza, nos reconoce, nos siente, se angustia con nuestras angustias y brilla de felicidad con la nuestra… Todos buscamos su mirada: miles caras buscando que las mire un solo par de ojos.

El pueblo sabe que Chávez es de ellos. Tanto que mientras él hablaba con los periodistas, la gente les gritaba «suéltenlo, suéltenlo», para que lo dejaran ir hacia ellos, para tenerlo cerquita, para que los viera.

Chávez se suelta solito y se acerca. Todas las caras, a varios metros a la redonda, miran hacia él aunque estén tan lejos que no alcancen a mirarlo. Los que están cerquita lo besan, lo abrazan, lo amapuchan, lo agarran y no lo sueltan, como queriendo quedarse con él para siempre.

Subimos al camión y empezó la caravana.

Nunca voy a entender cómo avanza el camión de mi Presi entre esa masa compacta de hombres, mujeres, niños, ¡tantos niños!, gente de todas las edades. Abuelos y abuelas avanzando con vigor de muchachos, mamás con sus bebés alzados por encima de las cabezas de la multitud, gente en los balcones saludando con banderas, niños sobre los hombros de sus papás saludando a Chávez con sus manitas. Momentos de alegría pero también de tensión, mucha gente, una multitud movediza que avanza al lado de su Presidente y uno con el corazón en un puño rogando al cielo que nadie se caiga, que agarren bien a los niños que están bien agarrados… Y sigo mirando las caras.

Una muchacha morena, alta, con el pelo recogido en un moño, con un gesto distinto a los demás, hizo que mis ojos, intuyendo una historia, la sigueran durante un trecho largo. Ella empujaba, corría y vuelta a empujar, buscando, como todos, su mirada. Por momentos parecía estar a punto de lograrlo pero siempre algo se ponía en su camino. Su gesto era de determinación y de necesidad apremiante. Ya estaba a puntito, ya casi llegaba cuando unas motos truncaron su carrera. Ella gritó y levantó un brazo, el único brazo que tenía… La perdí de vista pero su cara la tengo tatuada en la memoria. Se quedó atrás pero sus ojos decían que no se daba pon vencida: Él iba a mirarla.

Un abuelo, probablemente italiano, de esos que escogió esta tierra de gracia para hacerla su patria, paradito, inmovil en medio de aquella tormenta de gente, sonriendo, solo sonriendo, en paz…

Los ojos de mi Presi terminan siempre sobre los niños, los abuelos, los más necesitados. Él me decía, mientras saludaba, «mira esa niña, mira esa señora», señalando a cada uno… Los mira, a todos los que humanamente un solo par de ojos pueda ver. Yo quise ayudarlo a mirar porque pensé que era mucho para él solito, pero nunca parece ser mucho para él, que tiene los ojos más mirones que he visto en mi vida.

Mirando y mirando me dice como sacudido por quién sabe qué recuerdos: «Hay cosas que yo veo que son como de otro mundo, como de un tiempo pasado. Varios mundos en uno… Caras del pasado… El mundo dio varias vueltas…» Y yo veía una de las vueltas que dio el mundo: Él era una de esas caraca y hoy es El Presidente que se niega a dejar de ser lo que fue: un muchacho de pueblo, el arañero de Sabaneta, pues, quizá añorando poder estar ahí, anónimo, mezclado entre la gente.

«A esa muchacha le falta un brazo.» -Me dijo mortificado y yo salté preguntándole si era la muchacha morena y alta, la del pelo en un moño, y el me dijo que sí y que ya la estaban atendiendo. Mi Presi, inevitablemente, termina mirando donde hay que mirar. La verdad es que cuando mira a uno nos mira a todos. Ese par de ojos chiquitos, brillantes, inquietos, humanos…

Dicen algunos que mi Presi despierta una especie de fervor místico religioso. Yo ayer vi a Chávez el hombre, con sus virtudes, inmensas, y sus limitaciones, humanas. No se venera a un hombre. A un hombre se le ama. Y es eso lo que sentimos, ayer lo vi, lo viví. No es veneración, es amor correspondido.

Charallave, 9 de septiembre de 2012


Escribiremos y venceremos

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Llegamos al Poliedro de Caracas cerca de las nueve de la mañana y ya la fiesta había empezado, porque es que con mi Presi, la fiesta empieza antes de que empiece.

La música hacía bambolear los cuerpos de quienes esperaban en fila para entrar, a los que buscábamos acreditaciones de prensa, y yo me atrevería a decir que, aunque no se bamboleaban, los militares que cuidaban el poliedro también bailaban por dentro.

Llegaba al Poliedro, desde tempranito, gente de toda Venezuela. Muchos habían viajado toda la noche para poder estar ahí, vi a un señor mayor combatiendo un bostezo trasnochado a punta de zandungueo. Venían todos a una reunión política y una reunión política fue, pero como hacemos las cosas los chavistas: gozando un puyero.

Vi al Poliedro llenarse hasta el techo, como en los conciertos de rock de mis tiempos veinteañeros. Esta vez el rockero era mi Presi y los músicos todos nosotros. Ibamos al Poliedro a afinar la orquesta para el gran concierto del 7 de octubre.

Dicen que el que espera desespera pero ese no es el caso cuando uno espera a mi Presi. La espera, como ya les dije, es la fiesta antes de la fiesta y las fiestas dan para todo, para encontrarnos, conocernos, para empezarnos a querer.

Fue así como conocí a Nilo Fernández, abuelo combatiente, vocero del frente campesino y del comité de abuelos del municipio Crespo del estado Lara. Un peruano Patria Grande que vino hace varias décadas a vivir y a luchar nuestras luchas Vino cargado de propuestas para su municipio, busca apoyo para su gente, trabaja para eso, se mueve. Me encantan esos abuelos que luchan, que saben que una queja sin propuestas es hueca. Sé que Nilo, y él lo sabe también, va a encontrar lo que desea para su larense municipio.

Dennys Serrano de Barinas se me acercó con un sueño tan lindo que empezamos a soñar juntas. En San Silvestre, su municipio, hay un liceo que se quedó pequeño, porque cuando Venezuela se hace grande, como la estamos haciendo, hay que agrandarle sus colegios. Por esto, la gente de San Silvestre se empeñó en un proyecto: encontraron un terrero que tiene unos hermosos samanes; ahí quieren hacer un liceo ecológico, con cabañas para los salones, con un criadero de cachamas, con una pequeña reserva de animales de la zona, un proyecto que les permita autogestionar el liceo, si no todo en buena parte… Y vuelan alto nuestros sueños porque ahora no solo nos atrevemos a soñarlos sino que también los construimos… Culpechavez.

Y sigue la fiesta

Se habían ubicado los grupos por estados: Guárico aquí abajo, mi Nueva Esparta del alma en un puño allá arriba, Barinas, más acá, Miranda y Carabobo lado a lado… Y uno reconocía a las regiones al son de los bailes. Si sonaba un joropo, joropeaban los llaneros mientras los orientales los miraban con un galerón en la punta de la lengua. Pero hay ritmo que no hay cuerpo que lo resista, ese no sé qué que nos agarra por dentro y nos sacude las inhibiciones, si es que quedaba alguna, y nos pone a menear las caderas con sabooooor y mucha azucaaaaa! Son los ritmos de la costa, se los dice una costeña guapachoza, créame no hay sabor más sabrocito…

¡Uh ah! ¡Chávez no se va!, bailaba todo el Poliedro -bueno, casi todo porque Escarlatina Rojas Bermellón estaba ahí, y todos sabemos que Escarlatina no baila, y menos con el pueblo, pero en esta fiesta, hagamos como Cantinflas y mejor ni la ignoremos-. Decía que bailaba todo el Poliedro y yo bailando veía el bailoteo buscando una historia bailarina que contar. Y ¡Uh ah! ¡Chavez no se va! bailando y aplaudiendo vi a mi adorado Fernando Soto Rojas. A Soto lo atrapó el sabor y se paró a bailar inspirado, hermoso, tanto que quise saltar hasta allá donde él estaba para estamparle dos besos en cada cachete. Uno puede querer mucho a alguien tan solo con verlo bailar… Y a Soto, no solo lo he visto bailando, lo he visto ser decente y maravilloso.

¡Uh ah! Chávez no se va!… ¡Y llegó! Llegó mi Presi y juro que jamás me voy a acostumbrar al sacudón de alma, al corazón desbocado cada vez que lo veo, que creo que es el mismo sacudón que sienten todos. Cuando llega mi Presi nos convertimos en un solo grito, en una sola alegría, en un solo propósito. -Como este texto no es multimedia no verán, a menos que se los cuente, que mientras escribo este párrafo, me corren dos lagrimones emocionados… Emociones de mecha lenta que van saliendo poco a poco en un intento de autopreservación cardíaca… Ya vengo: voy a llorar un poquito…-

«Grabé en la penca de un maguey tu nombre
unido al mio, entrelazadoooosss»

Cantó mi Presi, cantamos todos…

Y empezó mi Presi a afinar la orquesta: «…Cuando uno estudiaba secundaria ¡no! algunos compañeros decían ¡no! diez es diez, lo demás es lujo ¿te acuerdas Antonia? Diez es diez lo demás es lujo, no, no. No, para nosotros no basta sacar diez ¡no! para nosotros sacar 20 no es un lujo, para nosotros sacar 20 es decir, la victoria perfecta, el examen perfecto, las respuestas perfectas no es un lujo ¡es una necesidad!» -Dijo mi Presi, y todos afinábamos.

Y afinando preguntó por una patrullera de Carabobo que estaba allá arribota y ella se lanzó a correr gradas abajo, buscando un micrófono para responderle a mi Presi. Mientras ella bajaba a toda velocidad por una escalera, por otra, paralela a ésta, subía a toda mecha el muchacho del audio. Todo el Poliedro empezó a gritar para avisarles, para que se encontraran y fue increíble pero, en medio de aquel bullicio, esas dos personas apuradas, nos escucharon y lograron encontrarse. La carcajada fue colectiva. Un compañero camarógrafo que tenía a mi lado me dijo: «eso no pasa en ningún acto político en ninguna parte del mundo. Solo nos pasa a nosotros: nuestras cosas son siempre una gozadera»

Dijo Arturo Jauretche, «Ignoran que la multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor.» Somos una gozadera porque conquistamos derechos; gozamos y nos llenamos de amor.

Y amorosamente nos da una tarea mi Presi, la más importante, no solo de nuestras vidas sino de las de nuestros hijos y nietos por venir: «Inundemos a Venezuela de más amor, inundemos a la Patria toda de más alegría, todos estos días por venir y el 7 de octubre escribamos con alegría, con júbilo una de las páginas más gloriosas de la historia política venezolana ¡Escribámosla!»

Y escribiremos como lo hicimos durante el golpe de abril, como lo hicimos en el paro petrolero. Escribiremos y venceremos, porque esta fiesta, esta alegría, estos sueños posibles no se puede acabar.

Y sí, supe que los zapatos de mi Presi tienen una historia… Pero todavía y por ahora, esa es otra historia.

Caracas, 8 de septiembre de 2012
Día de la Virgen del Valle


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